¡Vamos por el Poder Judicial! Isaías 33:22 y la tentación teocrática


El 24 de abril de 2026, durante una actividad del Foro Mi País ante líderes evangélicos, el expresidente y actual ministro Rodrigo Chaves declaró: «Lo importante es que el pueblo de Costa Rica haya recuperado los dos poderes de la República, el Legislativo y el Ejecutivo; obviamente nos falta el Poder Judicial…» (https://semanariouniversidad.com/pais/chaves-dice-ante-lideres-evangelicos-que-siguiente-meta-es-que-el-pueblo-tome-el-poder-judicial/). La frase reavivó un viejo debate sobre la relación entre la fe cristiana y el poder político.

Pero, para entender mejor esa declaración frente a líderes evangélicos, debemos retroceder, al menos, ocho años. Durante la campaña presidencial de 2018, Fabricio Alvarado, entonces candidato del Partido Restauración Nacional, publicó un video (grabado originalmente en 2012) en el que utilizaba Isaías 33:22 para establecer un paralelismo entre ese pasaje y su ideal de gobierno. Allí afirmaba que «Jehová» debía presidir los tres poderes de la República. La propuesta podía sonar profundamente bíblica. Sin embargo, una lectura atenta del texto muestra exactamente lo contrario. Isaías 33:22 dice: «Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro rey; él mismo nos salvará».

El problema es que Fabricio y miles de evangélicos han sacado el pasaje de Isaías de su contexto para hacer una interpretación que valida una teocracia. Actualmente millones de cristianos impulsan esta idea. Desde los evangélicos en Estados Unidos, los seguidores evangélicos de Bolsonaro en Brasil, los que validan al presidente salvadoreño Nayib Bukele, al argentino Javier Milei más recientemente, al colombiano Abelardo de la Espriella.

El pasaje pertenece a la monarquía de Judá, una realidad política muy distinta de una democracia constitucional. No existían división de poderes, elecciones ni soberanía popular. Convertir ese versículo en un programa político moderno implica ignorar su contexto histórico, literario y teológico.

Los textos bíblicos fueron escritos en un mundo de monarquías, donde los reyes —que no son lo mismo que un presidente, aunque algunos tengan ínfulas de serlo— no llegaban al poder mediante elecciones populares. En términos generales, solo se accedía al trono por dos caminos, ambos marcados por la sangre: por vínculo sanguíneo, es decir, por pertenecer a una dinastía; o por derramamiento de sangre, mediante guerras, golpes o asesinatos. La democracia moderna pertenece a una lógica completamente distinta. A los presidentes los elige la ciudadanía, no Dios. Y la ciudadanía tampoco vota en nombre de Dios. Pretender revestir un resultado electoral con autoridad divina no solo confunde la teología con la política; termina atribuyendo a Dios decisiones que corresponden exclusivamente a los seres humanos.

Pero Isaías tampoco está distribuyendo el poder entre distintas autoridades humanas. Está afirmando precisamente lo contrario: que todas esas funciones pertenecen únicamente a Dios (en este caso solo al dios de Israel). Lo que, para el mundo evangélico de esa línea, significa que Dios elige a una persona, en la figura de presidente de un país, para entregarle o delegarle todo ese poder. Ejemplo de esto lo podemos ver en las declaraciones que hizo la, ahora diputada oficialista, Cindy Murillo » Rodrigo Chaves es nuestro redentor» y más adelante «es un Moisés».

Me gustaría que analicemos superficialmete el texto hebreo.

יְהוָה שֹׁפְטֵנוּ (YHWH shofetenu): «El Señor es nuestro juez».
יְהוָה מְחֹקְקֵנוּ (YHWH meḥoqeqenu): «El Señor es nuestro legislador».
יְהוָה מַלְכֵּנוּ (YHWH malkenu): «El Señor es nuestro rey».

Las tres expresiones terminan con el sufijo ־נוּ (-enu), «nuestro». Ese pequeño detalle gramatical es crucial para una correcta interpretación. Isaías no describe cómo debe organizarse cualquier Estado, sino quién gobierna al pueblo de Judá. El texto no autoriza imponer un gobierno religioso sobre toda la sociedad, ni mucho menos legitima que un gobernante humano represente a Dios.

Muchos cristianos apelan entonces a Romanos 13: «No hay autoridad sino de parte de Dios». Pero pocas afirmaciones bíblicas han sido leídas de manera tan literal y tan descontextualizada. Pablo escribe bajo la ocupación romana, dentro de una cultura donde el emperador era considerado divi filius, «hijo de un dios», y el poder se entendía como legitimado por los dioses. Basta seguir esa interpretación hasta el final para descubrir su contradicción. Si toda autoridad es puesta directamente por Dios, entonces también lo fueron Hitler, Mussolini, Franco, Videla, Pinochet o Stalin. También habría que afirmar que las actuales autoridades de Corea del Norte han sido puestas por Dios. Eso pondría en serios aprietos a todos aquellos creyentes que vieron en el arresto de Nicolás Maduro un signo de acción de Dios por medio del ejército estadounidense, ya que caerían en contradicción con la creencia de que toda autoridad es puesta por Dios, eso incluiría, claro está, a Maduro.

Como cristiano, me preocupa que estos textos se utilicen para legitimar proyectos políticos. Una mala exégesis no solo produce malas doctrinas; también produce malas prácticas políticas. Cada vez que la Biblia se convierte en un instrumento para concentrar el poder, se transforma en herramienta de violencia. Y esa ha sido, desde los tiempos de Isaías hasta nuestros días, una de las tentaciones más persistentes de la religión.


La Odisea y Sodoma tienen algo en común.

17 de agosto de 2026

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