
Como con El Quijote, comprendo que leer La Odisea puede resultar abrumador, aun más si es con la premura actual de la peli. Por eso creo que disfrutar la película sin haber leído el libro no es pecado. Para este artículo me basaré más en el guión de la peli que en el texto griego de La Odisea. El director de la nueva versión de La Odisea no deja de lado una ley no escrita que atraviesa buena parte de la Odisea. Se llama ξενία (xenía): hospitalidad. La ley de la hospitalidad era un deber sagrado.
La palabra está relacionada con ξένος (xénos), que puede significar extranjero, huésped e incluso amigo huésped. El extraño que aparecía en la puerta debía ser recibido antes de ser interrogado. Primero comida, bebida, protección y descanso. Después venía la pregunta ¿quién eres y de dónde vienes? Por supuesto que no era algo fácil. Se corrían riesgos. Pero los griegos habían aprendido muchos trucos para no violar la ley y, aun así, tener precauciones. La ley se podía romper en ambas direcciones, una especie de capicúa. Los que recibían a alguien la podían romper si maltrataban al extranjero, pero el extranjero la quebrantaba si violentaba la confianza dada por sus anfitriones.
La xenía estaba protegida por el mismísimo Zeus bajo uno de sus títulos: Ζεὺς Ξένιος (Zeús Xénios), protector de extranjeros y huéspedes. Maltratar al extranjero era, por tanto, una transgresión religiosa. Hay un momento terriblemente profundo que quienes vean la película podrán reconocer conmigo. Odiseo hace una confesión que me sacó las lágrimas.
La frase de Odiseo en inglés es:
“We violated all that’s ever sacred between people… and turned the fight into a hunt.”
Recordemos que los griegos habían llevado un caballo enorme, supuestamente lleno de ofrendas, para hacer la paz con los troyanos. Éstos lo aceptaron y creyeron que realmente habían alcanzado la paz. Pero era un engaño, entraron a su ciudad y mataron, quemaron y violaron.
“One man’s idea. One man’s trick… to break Zeus’s Law forever.”
Y, finalmente, Odiseo ha comprendido que haber violado esa ley de Zeus (a la manera inversa, como visitante o extranjero), provoca el derrumbe de todo su mundo, que es justamente nuestro propio mundo hoy.
“We lived in a world of palaces and trade, language, blind to its beauty, until we broke it.”
Por eso la hospitalidad funciona en la Odisea como una especie de termómetro moral. Los buenos reciben al extranjero; los monstruos lo violentan. Polifemo, el cíclope, representa un extremo. Odiseo llega como extranjero y cíclope, en lugar de ofrecerle hospitalidad, devora a sus compañeros.
A estas alturas del texto creo saber que te estarás preguntando dónde está Sodoma en todo esto. Hay un relato de extranjeros y hospitalidad en la Biblia. El relato aparece en Génesis 19. Dos extranjeros llegan a Sodoma y Lot los recibe en su casa. Los habitantes de la ciudad aparecen entonces exigiendo «conocerlos». Aquí comienza uno de los grandes problemas de interpretación del relato.
El verbo hebreo es ידע (yadá), ha sido traducido muchas veces con sentido sexual, de ahí la terrible y errada idea de identificar la destrucción de Sodoma como un castigo por una desviación sexual, más concretamente con la homosexualidad. Sin embargo, yadá significa fundamentalmente «conocer» y el propio contexto inmediato lo utiliza de distintas maneras. En Génesis 18:19 Dios dice que ha «conocido» a Abraham; en 18:21 baja a Sodoma para «conocer» los hechos, es decir, investigarlos. Así que Génesis 19:5 sigue esa misma línea, no podría ser de otra manera. Los habitantes quieren «conocer» a aquellos extranjeros, reconocerlos, interrogarlos inquisitivamente y, por el desarrollo de la escena, hacerlo con violencia. Los habitantes de Sodoma rompen la ley de la hospitalidad, la antiquísima Ley de Zeus. Lot intenta impedirlo y la multitud responde amenazándolo: «Ahora te trataremos peor que a ellos». Lo que aparece delante de nosotros es una sociedad violenta enfrentándose a extranjeros indefensos.
Muchos se niegan a reconocer que si la Biblia hubiera querido describir una violación grupal, y más todavía, una violación grupal perpetrada por personas homosexuales, hubiera tenido las palabras concretas y las descripciones adecuadas. La Antigüedad sabía describir esas cosas. Les doy un pequeño ejemplo:
Gayo Valerio Catulo (c. 84–54 a. C.), uno de los grandes poetas de la Roma tardorrepublicana, escribió el célebre y obsceno Carmen 16. En él responde violentamente a Aurelio y Furio, quienes aparentemente habían interpretado el erotismo de sus versos como falta de virilidad. El poema comienza así:
Pedicabo ego vos et irrumabo,
Aureli pathice et cinaede Furi.
Miguel Dolç, en su conocida traducción española de Catulo, resolvió el pasaje mediante un extraordinario eufemismo:
«Yo os daré pruebas de mis completas facultades viriles,
sodomita Aurelio y pederasta Furio.»
Pero el latín dice algo considerablemente más brutal. Pedicabo es el futuro de pedicare, «penetrar analmente»: «violaré por el ano». Ego («yo») es enfático; vos, «a vosotros»; et, «y». Irrumabo, de irrumare, significa introducir el pene en la boca de otra persona. Aureli y Furi son los vocativos de Aurelio y Furio. Pathice designa despectivamente al varón sexualmente pasivo y cinaede al considerado afeminado y sexualmente pasivo. Traducir estos términos como «homosexual» sería anacrónico, pues las categorías sexuales romanas no corresponden a las modernas. En inglés, Diane Arnson Svarlien (1999) transforma libremente el comienzo en «Suck my dick, Aurelius…», redistribuyendo las acciones para reproducir la agresividad más que la sintaxis exacta.
Una traducción estrictamente filológica sería:
«Yo os violaré por el ano y os penetraré la boca,
Aurelio el pasivo y Furio el afeminado.»
Entonces la Biblia nunca dice que el pecado de Sodoma fue de índole sexual. De hecho es muy explícita al describir realmente cuál fue esa ruptura de la Ley divina o religiosa.
Isaías menciona repetidamente la ciudad sin identificar su pecado con la homosexualidad. Jeremías la relaciona con infidelidad, mentira y complicidad con los malhechores. Lamentaciones llega a decir que la iniquidad de Jerusalén era mayor que la de Sodoma. Y finalmente en Ezequiel se mencionan 5 veces: 16:46; 16:48; 16:49; 16:53; 16:56. En este libro podemos encontrar la descripción más importante acerca del pecado de Sodoma y Gomorra, la podemos leer en 16:49-50
«Tu hermana Sodoma y sus aldeas pecaron de soberbia, gula, apatía, e indiferencia hacia el pobre y el indigente. 50 Se creían superiores a otras, y en mi presencia se entregaron a prácticas repugnantes. Por eso, tal como lo has visto, las he destruido.»
Soberbia, gula, apatía, indiferencia hacia el pobre y el indigente y una sociedad que se creía superior a las demás. Injusticia, corrupción, opresión, violencia, orgullo e indiferencia frente al vulnerable. No resulta extraño que una sociedad caracterizada de esa manera terminara tratando también con violencia a los extranjeros.
Y aquí Homero y Génesis, procedentes de mundos diferentes, parecen hablarnos de una misma ley divina. En la Odisea, la forma en que alguien trata al ξένος, al extranjero, revela quién es. Recibirlo, alimentarlo y protegerlo es propio de una sociedad civilizada. Humillarlo, violentarlo o aprovecharse de su indefensión es propio del monstruo. En Sodoma sucede exactamente lo mismo. Durante siglos los intérpretes quisieron señalarnos morbosamente lo que creían que sucedía en las camas de los habitantes de Sodoma, cuando el texto nos advertía más acerca de lo que sucedía en las puertas de sus casas.
La Odisea lo llamaba violar la xenía. Ezequiel lo llamó soberbia, apatía e indiferencia hacia el necesitado.
Hospitalidad: dos espejos del alma antigua
En la Odisea de Homero y en los textos judaicos sobre Sodoma y Gomorra, la hospitalidad no es una simple cortesía: es una prueba sagrada, un mandamiento y un juicio divino. Ambas tradiciones, con lenguajes y tiempos distintos, remontan al origen mismo del trato humano: cómo recibes al que no conoces revela quién eres ante lo alto.
📜 En la Odisea: el extranjero trae consigo algo divino
Para los griegos, la hospitalidad era sagrada. Se llamaba xenía: el vínculo sagrado entre el anfitrión y el huésped. Se creía que Zeus, padre de los dioses, acompañaba al extranjero; maltratarlo era ofender al cielo.
A lo largo de la Odisea, se muestra esta ley sin excepciones:
– Los buenos anfitriones ofrecen techo, comida y regalos antes de preguntar quién eres. Reciben sin condiciones, porque el huésped puede traer un mensaje o un destino que aún no se ve.
– Los malos anfitriones —como los pretendientes en el palacio, o el cíclope Polifemo— prefieren el abuso, la arrogancia o el despojo. Convierten la casa en trampa y el banquete en insolencia.
La etimología y el sentido: El anfitrión recibe porque el otro es sagrado por ser humano y por venir de lejos. Quien cierra la puerta, se cierra a sí mismo a la gracia.
📖 En Sodoma y Gomorra: el pecado fue cerrar el corazón
En los textos judaicos, la hospitalidad también es prueba y mandato. Cuando los mensajeros divinos llegan a Sodoma, solo Lot los recibe; el resto de la ciudad no solo los rechaza, sino que exige entregarlos para ultrajarlos.
Los sabios explican que el pecado principal de esas ciudades no fue la disolución moral, sino la crueldad hacia el extranjero:
– No recibían al que llegaba.
– Cerraban sus puertas y sus entrañas.
– Convertían la ausencia de hospitalidad en ley y costumbre.
La raíz del juicio: Destruyeron la ciudad porque cerrar la puerta al indefenso es blasfemar contra Dios, que habita en el rostro del que llega hambriento y sin protección.
⚖️ Un mismo origen, una misma verdad
En ambos mundos, la hospitalidad nace de la misma fuente:
El ser humano no es dueño absoluto de su casa ni de su vida; es administrador. Cuando recibe al extranjero, reconoce que también él ha sido —y podrá ser— extranjero.
– En Homero: recibes porque lo pide la ley divina y la naturaleza humana.
– En Sodoma: condenados porque prefirieron su cerrojo antes que el rostro de Dios en el visitante.
Ambos dicen lo mismo con palabras distintas:
La hospitalidad es la eterna virtud. Quien la pierde, pierde todo.