Jose Chacón
Escritor

Muchas personas creen que quien es condenado por un delito pierde todos sus derechos. No es así. La sentencia no convierte a un ser humano en alguien desprovisto de dignidad. La expresión correcta es persona privada de libertad porque precisamente eso es lo que ha perdido: la libertad de tránsito. Nada más. No pierde el derecho a la alimentación, a la salud, a la educación, al descanso, a la lectura, a la escritura, al trato digno, a la comunicación con sus seres queridos ni a la posibilidad de reconstruir su vida. Todos esos derechos permanecen intactos. No son privilegios, como algunas personas dicen, son derechos humanos elementales.
Resulta preocupante escuchar a dirigentes políticos o a sectores de la población celebrar medidas cuyo propósito no es proteger a la sociedad, sino aumentar deliberadamente el sufrimiento de quienes están encarcelados. Cuando alguien propone que los privados de libertad coman peor, descansen menos o vivan en condiciones más degradantes, no está describiendo un modelo de justicia. Está revelando algo sobre sí mismo. Cabe preguntarse por qué a algunas personas les parece insuficiente la pena de perder la libertad. Si alguien considera que ese castigo no basta, probablemente ningún castigo le parecerá suficiente. Siempre querrá un poco más de dolor, un poco más de humillación, un poco más de sufrimiento. El deseo de castigo puede ser insaciable. Así es como nacieron muchas de las peores formas de abuso carcelario. Primero fue el encierro, luego el látigo, después el aislamiento prolongado, más tarde la privación de sueño, la tortura psicológica, la violencia física, la humillación sexual y toda clase de atrocidades que sus defensores justificaban en nombre de la seguridad, la patria o la justicia.
La criminología contemporánea lleva décadas cuestionando la idea de que más sufrimiento equivale a más seguridad. Diversos estudios han encontrado poca o ninguna relación entre el endurecimiento de las condiciones carcelarias y la reducción de la delincuencia. Algunas investigaciones incluso sugieren que los entornos más degradantes pueden favorecer la reincidencia en lugar de reducirla. En otras palabras, la crueldad puede satisfacer una necesidad emocional de castigo, pero no necesariamente produce sociedades más seguras.
Algunos de los sistemas penitenciarios más estudiados del mundo han optado por una dirección opuesta. Noruega, por ejemplo, basa buena parte de su política penitenciaria en el llamado principio de normalidad: la vida dentro de la prisión debe parecerse lo más posible a la vida fuera de ella. La lógica es sencilla, si una persona va a regresar algún día a la sociedad, debe aprender a vivir en sociedad y no a sobrevivir en un entorno diseñado para destruirla. No es un modelo perfecto, pero ha sido asociado con algunas de las tasas de reincidencia más bajas del mundo.
Estudiosos como Nils Christie advirtieron hace décadas que las sociedades pueden desarrollar una relación cada vez más emocional y enferma con el castigo, convirtiéndolo en un fin en sí mismo. Michel Foucault mostró cómo los sistemas penales modernos tienden a expandir el sufrimiento más allá de lo estrictamente necesario para ejecutar una sentencia. Y Hannah Arendt observó que las sociedades pueden acostumbrarse a la deshumanización de ciertos grupos hasta dejar de percibirlos plenamente como personas. Las tres advertencias parecen encontrarse hoy en un mismo punto.
La psicología social ha estudiado además un fenómeno conocido por la palabra alemana schadenfreude: el placer experimentado ante la desgracia ajena. Investigaciones recientes han demostrado que las personas pueden experimentar placer cuando alguien a quien consideran malo, peligroso o moralmente inferior recibe un castigo. Es una reacción humana conocida. Hay un problema cuando esa satisfacción emocional comienza a confundirse con justicia. Porque entonces dejamos de preguntarnos qué funciona para reducir la delincuencia y empezamos a preguntarnos qué produce mayor placer en quienes observan el castigo desde afuera. La justicia deja de orientarse por la evidencia y comienza a orientarse por el placer, un sentimiento de satisfacción o la venganza.
Algo similar ocurre con la discusión sobre el trabajo en prisión. El trabajo puede ser una herramienta extraordinaria para la reinserción social, pero debe ser voluntario y remunerado. De lo contrario sería esclavitud. Si una persona privada de libertad trabaja, el Estado actúa como empleador y debe respetar las mismas garantías laborales que exigiríamos para cualquier otro trabajador.
En el fondo, todo este debate tiene muy poco que ver con los privados de libertad y mucho con nuestra relación con el placer. Muchos parecen creer que la cárcel debe consistir en la privación absoluta de cualquier experiencia agradable. No solo de la libertad, sino también del descanso, del arte, del deporte, de la conversación, de una comida agradable, de una taza de café o de la visita de quienes aman. Pero una sociedad que considera el descanso un lujo terminará indignándose cuando vea descansar a un preso. Una sociedad que considera el placer algo sospechoso querrá castigar cualquier forma de disfrute. Una sociedad que vive la sexualidad desde la culpa y el morbo querrá convertir la privación sexual en una herramienta adicional de castigo. Y una sociedad que confunde sufrimiento con justicia acabará celebrando el dolor ajeno como si fuera una victoria moral. El problema es nuestra propia enfermedad. Tenemos una percepción enferma del placer, de la sexualidad, del descanso, del juego, del trabajo y de la justicia.
Debemos preguntarnos por qué el sufrimiento ajeno produce tanta satisfacción en algunas personas. Una sociedad se molesta al ver a un preso leer, estudiar, descansar o tomar una taza de café, no está defendiendo la justicia, está defendiendo su derecho a disfrutar del castigo ajeno.
Una cárcel revela muy poco sobre quienes están encerrados y mucho sobre quienes la administran y la observan desde afuera. Cuando la justicia deja de buscar protección, reparación y transformación, y empieza a buscar dolor por el dolor mismo, deja de ser justicia. Y esa otra cosa tiene un nombre: crueldad.